MI CUARTO EN EL HOTEL
Después de la muerte de mi madre, recibí sorprendido de las manos de mi abogado un sobre. Los pocos bienes terrenales que logró juntar en su atribulada vida se repartieron lo más equitativamente entre mis seis hermanos mayores, a mí, sólo me tocó un sobre color café con una llave adentro.
Todos estábamos demasiado tristes para hablar, así que cada uno y a sus tiempos se fueron retirando, yo agarré mi bufanda verde, enterré bien mi cabeza en mi sombrero y me eché a caminar. Por suerte, nunca fui ambicioso, ni esperé nada a la muerte de mi madre y a pesar de la gran tristeza que me embargaba no podía dejar de sentir curiosidad por la llave.
Al llegar a mi pequeño cuarto de estudiante, emplazado en una de aquellas viejas casonas en el centro de la ciudad, encendí la lámpara de mi escritorio, retiré cuidadamente los libros de odontología que yacían abiertos tras mi última noche de estudio y me puse a analizar la llave.
Era una de esas llaves antiguas, cilíndrica y de bronce, la parte más ancha se volvía plana donde se podían ver tres letras sobresaliendo: HGS, y un número: 605. Lo primero que se me vino a la mente fue una caja de seguridad, pero las letras no correspondían a ninguna entidad bancaria. Luego, pensé en llamar al mayor de mis hermanos para preguntarle, pero no me pareció prudente molestarlo ese día y de alguna forma sentía que mi madre quería que yo sólo descubriera el misterio de
Pasé una muy mala noche, en ningún momento me relajé, tuve pesadillas y desperté con el cuerpo adolorido, como si hubiese corrido una maratón. Lo único que recuerdo de mis sueños es que veía a mi madre con una máscara negra, sujetaba un paquete con su antebrazo y con un dedo sobre el labio me pedía silencio, luego corría como si alguien la persiguiera.
Esa mañana me arrastré fuera de la cama, el frío me obligó a vestir rápidamente y bajar de un sorbo el café que me había preparado. Agarré mis libros, puse la llave en el bolsillo de mi chaqueta y empecé a correr para no llegar tarde, como siempre, a clases de Oclusión, el profesor ya me tenía de casero para sus bromas de mal gusto, que esta mañana quería evitar a toda costa.
Ya jadeante, dos cuadras antes de llegar a la universidad me detuve por un fuerte olor a violeta que llenó de improviso mis fosas nasales y sentí un pellizco en el estómago al recordar que así olía mamá todas las mañanas cuando me servía el desayuno. Disminuí el paso y respiré profundamente cerrando apenas los ojos, para luego abrirlos rápidamente, al darme cuenta que estaba parado frente al Hotel Gran Santiago. Metí mi mano al bolsillo y saqué la llave, la observé maravillado: HGS.
Era uno de esos hoteles remodelados, con demasiado dorado en su decoración y que cobraban una barbaridad por
Yo estaba asombrado, me limité a caminar, subí sólo al ascensor y los nervios me comían mientras esperaba a llegar. Jugaba con la llave en mi mano, el rechinar del antiguo ascensor, como haciendo un esfuerzo extra para llegar al último piso y la imagen de mi madre vestida y con máscara negra, no hacían las cosas más fáciles, quise comerme las uñas, a pesar que era una hábito que había desechado hace años. Cuando finalmente se abrieron las puertas, prácticamente corrí fuera y hasta el 605.
Mi mano tembló, estaba entre emocionado y expectante, sentí voces al final del corredor y antes de abrir la puerta esperé que pasaran, se me quedaron mirando, yo ni los noté tenía la vista fija en



Este cuento (y en realidad los otros que he publicado) lo escribí dentro de un taller literario y me hicieron casi el mismo comentario que tú... Claramente me voy a tener que sentar y escribirle un segundo capítulo o algo así para poder darle un final.
De nuevo gracias por tu comentario, se aprecia.
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Un abrazo,
Maria Jose